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jueves, 14 de abril de 2011

Soy carboadicto

Soy carboadicto
Por Manuel A. Hernández Giuliani

Airbus A320 con destino a Sao Paulo, otro viaje de trabajo, busco la fila diecinueve asiento F. Me tocó de vecino una persona con obesidad mórbida, ¡por supuesto que soy tolerante ante esta condición!, yo mismo sufro de sobrepeso a un límite muy estrecho con la obesidad. Sólo que esta persona me recuerda mi naturaleza. 
Éste muchacho decide estar lo más quieto posible en su asiento para ocupar tan solo su puesto y no llegar al mio, cosa que observé hacia con esfuerzo.

Aún recuerdo la primera vez que tomé conciencia del peso, de mi peso, aquel que hasta el día de hoy me atormenta. Aquella noche no había podido dormir esperando el gran momento, mi primer campeonato de judo, tenía doce años y para competir debía estar en la categoría infantil de cuarenta y cinco kilos. Llega mi turno y me coloco sobre la báscula romana, una que tenía cincuenta gramos de exactitud. El anotador rápidamente lleva el peso grande a cuarenta kilogramos, el peso pequeño lo mueve hasta los cinco kilos cuatrocientos gramos, mi sensei me observó con cara de preocupación. 

Estaba fuera de categoría por cuatrocientos gramos, mi sensei me pide que me quite la franela; aunque la báscula se apiada poco de mí, seguía fuera de categoría. 

Para ese momento el sudor frío ya comenzaba a correr sobre mi frente. Me quité las medias y la balanza continúa burlándose de mí. Me quito el mono, la báscula empieza a ceder indicando tan solo cincuenta gramos por encima del tope requerido. Mi sensei me pide que me quite el interior y escupa al piso 3 veces. Quedé en pelotas, sentí vergüenza, por primera vez en mi vida me encontraba desnudo ante un público desconocido, todo por culpa de unos gramos de más.

Ya en vuelo, empiezo a ver la recién estrenada en el cine Social Network, cada asiento dispone de una TV individual lo cual hace el viaje más placentero e individualista, tal como a mí me gusta. 

El muchacho de al lado, que debía tener más o menos mi edad, decide dormir. Diez minutos después él está entregado a los brazos de Morfeo y le escucho roncar, lo que me hace pensar si tendrá los mismos problemas sociales que yo, supongo que sí, ¿será que a él también le pasa lo de los saludos?: “Buenas noches tía...”; “Buenos días pana...”; “Buenas tardes”,... a lo que todos siempre responden sin mayor originalidad “Mijito estas gordísimo”, espantando cualquier buen ánimo que uno pudiera tener en ese momento. “Mi cara está arriba y no en mi barriga o en mis royos”, pienso al escuchar estos singulares comentarios.

Un poco más explayado por el sueño, siento que el vecino toma parte de mi asiento. Observo que el avión no dispone de otro sitio libre. No es que me moleste mi compañero, pero él está durmiendo y yo no. Me da cosa sentir el calor de su cuerpo pegado al mío. ¡Sao Paulo!, siempre Sao Paulo con vuelos a casa llena, ¿qué carajo hago?

Éste vecino había sido amable conmigo cuando me ayudó a ubicar mi equipaje de mano en un compartimento libre, el pana no se merece que lo despierte para decirle: “Epa tú ¿Te puedes volver a enrollar?, tu grasa esta pegada a mi cuerpo y estás generando más calor que la termoeléctrica del Zulia”.

Me hacía sentir más delgado, yo con treinta kilos de sobrepeso me sentía un fideo al lado del vecino. También me recordaba que puedo llegar a ese extremo si no me cuido, pero ¿cómo hacerlo?, mi peo es quizás psicológico. La adicción por comer es muy parecido a cualquier otra obsesión: las drogas, el alcohol o el sexo. Sólo que ésta se nota y las personas creen que es sinvergüencería, pero no lo es. Es una adicción y debe tratarse como tal. Yo sé que alimentos me generan la compulsión por comer, pero ¿cómo evitarlos?

Encontré una forma para que el vecino no me pegue su cuerpo, estoy de lado en el asiento con los pies y piernas en el pasillo de avión. Así él duerme y yo también. El tema me sigue rondando en la cabeza, al igual que muchas veces, ¿cómo rebajar? El problema no es ese, el tema es mantenerse en el peso ideal. Yo he logrado rebajar con ejercicio, dieta de los puntos, la hipocalórica, pastillas, dejar de cenar, etc., etc. Pero el resultado es el mismo, un tiempo delgado pero la rutina volvía y el peso perdido también.

En algún momento fui a Comedores Compulsivos Anónimos, la versión de Alcohólicos Anónimos de nosotros los gordos. Ahí comprendí que no sufro sólo en este mundo y que muchos comprenden por lo que paso. No tuve la fuerza suficiente para mantenerme en el grupo, quizás por no creer que exista un ser superior pues soy un hombre de ciencia. Admito que éste grupo me ayudó a comprender sobre mi compulsividad. Me llamo Perico de Los Palotes y soy comedor compulsivo, ¡Bienvenido! responde el grupo con mucha comprensión.

Al inicio del viaje nunca imaginé que el vecino me fuera a incomodar, pero sí: La sensación desagradable del calor ajeno. En ese momento aprecié los acercamientos de mi madre, esposa e hijas. El vecino me hizo ver que no todo el mundo te hace sentir cómodo pegado tuyo, solo tú círculo familiar y quizás uno que otro amigo pero de ahí nada más. 

Como siempre el vuelo duró seis horas, aunque fue el más largo de todos los que he hecho a Sao Paulo. Saqué del compartimento la bolsa con cuatro botellas de ron Real Carúpano y el morral LowePro con la portatil Lenovo X61 junto a mi Canon EOS 50D. Salí del avión sin mirar atrás.

Ya recuperado por el largo viaje del día anterior, leía la Folha de São Paulo mientras bebía mi jugo de naranja con lechosa. En una esquina de la sección cotidiano leo un titular que llama mi atención “Um passageiro morre em avião da Venezuela”. Su nombre era Fernando García, venía a visitar unos familiares y sufrió una apnea por causa de... ¡El vecino!, murió en el avión.
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Pauta realizada para el Taller de Escritura Creativa 2.0 Online, tema controversial la obesidad.

Fuentes y Referencias:

1 comentario:

Juline Ruiz dijo...

Excelente articulo, llegué buscando asistencia para la carboadiccion, tengo 18 años, soy delgada, aun, amigos y familiares se han reído de mi cuando hablo de mi compulsión hacia comer comida chatarra, incluso hacen bromas, la carboadiccion es tratada como una adicción de broma, pero la verdad es que es como cualquier otra adicción, puedes incluso llorar por una mordida de pastel pero sin asistencia adecuada.